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HISTORIA

Cada espacio en el que uno desenvuelve su vida cotidiana, tiene origen en una idea, en un impulso que anida en un corazón.

En los tiempos que nos corren y nos tienen corriendo, muy pocas veces nos detenemos en detalles tan mínimos como estos. Lo esencial sigue quedando invisible a nuestros ojos.

Entramos y salimos con más atención en la carrera que correremos cada día que en hacernos las preguntas necesarias para desacelerar la marcha y poder contemplar para comprender. Y vamos olvidando que en la raíz, en el germen, en el origen, está la matriz que, una y otra vez, volverá sobre su forma original.

escuela_comienzosTomando el hilo de Ariadna desde el lugar donde hoy estamos, en esta escuela que nos congrega en su construcción, en su ser, desandando los tramos de su historia, en la punta del ovillo del largo recorrido donde hoy crecen nuestros niños, están las manos de Ana, la maestra en cuyo corazón anidó la semilla de un impulso, y encontró la inmensa fuerza necesaria para volverse real. Luego de una maravilloso encuentro, de una charla en donde el amor fue una presencia constante, aquí te la presento.

Ana María Vallejos de Fierro tiene unos ojos azules serenos, que muestran todo el tiempo las luces de cada emoción que pasa por su alma. Su voz es muy dulce. Toda ella es pura dulzura. Maestra Normal Nacional y Licenciada en Filosofía, esposa de Hernán Fierro, madre de siete hijos y abuela de una parva de nietos, dos de los cuales siguen siendo hoy alumnos de la escuela.

No soy una buena periodista, así que mi primera pregunta es algo así: “Ana… ¿cómo fue?¿qué sabías?¿ cómo llegaste a..?”. Se ríe, y como una encantadora maestra, empieza a hablar, y yo me quedo calladita escuchando…

“Al terminar el secundario y recibirme de Maestra Normal Nacional, comencé mis estudios de Filosofía en la UCA. Siempre me fascinó el tema de la persona, la mirada sobre el ser humano. Yo tenía una mirada integral sobre la persona, y aquél lugar compartía mi misma mirada. A medida que avanzaba en mis estudios, encontraba una contradicción: declamábamos una visión integral de la persona, cuerpo y alma, cabeza y sentir, pero las instituciones enseñábamos solamente para la cabeza.
Seguí estudiando, obtuve mi licenciatura, y con el tiempo, un día llegué a tomar la cátedra de Introducción a la Filosofía, allí en la UCA, para los alumnos que cursaban las carreras de psicopedagogía y psicología.

escuela_edificioMientras tanto, mis cinco hijos mayores iban a la escuela. A pesar de que había elegido las propuestas que más se acercaban a mi forma de pensar la educación, finalmente también les enseñaban para la cabeza. Entonces decidí empezar a escribir lo que tenía en mente, esa forma que intuía debía tener una escuela para educar desde una mirada integral. El programa tenía que tener todas las materias intelectuales, pero también tenía que tener actividades manuales, arte, música, despliegue físico… ¡no me alcanzaban las horas para dar tantas materias!

Sin embargo, cuando nacieron mis dos hijos más chicos, enloquecí un poco. Yo quería otra forma de escuela otra forma de enseñar y aprender, y empecé a hablar de mi idea, de encontrar una forma que respetara y educara a la persona desde esa mirada integral. Una amiga mía al escucharme, me dijo que ya había algo muy parecido a lo que yo decía, y así conocí la escuela Rudolf Steiner, muy cerca de mi casa. Allí me entrevisté con una maestra muy viejita que me contó sobre la pedagogía, y yo quedé flechada. Y así entré en contacto con la pedagogía a través de mis hijos más pequeños.

En el año 1989 un cartel en la escuela anunciaba la apertura del primer Seminario de Formación en Pedagogía Waldorf. No iba a ser sencillo llevar adelante mis estudios siendo madre de siete niños y con horario de cursada diario y vespertino, pero con el apoyo de mi esposo y de mis hijos mayores, aquel año inicié mi formación pedagógica en la Sociedad Antroposófica de la calle Larralde. Y me maravillé.

Cuando terminé el Seminario, en mí ganaba cada vez más fuerza la idea de que esta forma de enseñar debía difundirse y crecer. Cierto día estaba en casa, conversando con una amiga que compartía mis ideas, lamentando la poca cantidad de escuelas, y ella me dijo mirando alrededor:
– pero… acá tenés lugar. ¿Por qué no empezás acá un jardín?
Y así empezó todo.”

obra_escuelaEn el jardín de invierno tras la cocina de su casa, en el año 1992, un grupo de niños dio vida al sueño de Ana por primera vez.

“Al final de aquel primer año recorrido con el primer grupo de niños, quedé maravillada. Pude ver lo que los chicos son y lo que pueden ser, todo el potencial que puede salir a la luz si nosotros los dejamos ser, si les permitimos ser.

Al iniciar las clases el año siguiente, el jardín ya se había expandido por mi casa, el primer cuarto ya no era suficiente, y ahora acaparaba todo el jardín de invierno. ¡Mi familia vivía arrinconada en la sala de estar!

En el año ’94 alquilamos una casa en la calle Quintana, pero el jardín seguía creciendo, y las reformas edilicias que había que hacer no eran posibles en una casa alquilada. La jefa de inspectoras nos sugirió que era necesario encontrar un lugar que se pudiera adecuar. Teníamos que lograr comprar algo que pudiéramos modificar. Junto a padres del jardín que habían ofrecido apoyo financiero y voluntad de ser parte del proyecto, gestionaríamos un préstamo para lograr la compra de algún lugar y lograr la habilitación de la escuela.

Yo tenía en mente que fuera un lugar con un galpón, algo grande atrás, que pudiera aprovecharse en sus dimensiones. Un día, a finales del año ’97, llegamos a la calle Güemes al 1700. Lo ví y me pareció un espacio soñado… pero estaba en ruinas. Había sido una vieja fábrica de lencería, y el vendedor explicaba que era tan cara la demolición de la estructura de hormigón, que el lugar resultaba imposible de vender. ¡Y para mí, esa estructura era soñada! Firme y sin columnas interiores, lista para convertirse en aulas…
Decidimos que aquél era el lugar, y encaminamos la compra.

Por distintas razones, tres semanas antes de concretar la compra, aquellos que nos iban a acompañar en el compromiso financiero para comprar el lugar, decidieron retirarse.

Tuvimos un encuentro en donde nos enteramos de la triste noticia, y a mí se me vino todo abajo. Salimos de aquella reunión, y yo debo haber estado gris. Aquél lugar era un basurero, pero también estaba así de mal nuestra casa cuando la habíamos comprado al casarnos. Seis años deshabitada, y la habíamos arreglado, la habíamos transformado. No sé cómo me habrá visto mi esposo; pero cuando subimos al auto, me dijo “nosotros vamos a seguir adelante”. Era una locura. No teníamos con qué pagar. Entonces hipotecamos nuestra propia casa, y logramos la compra del lugar.

origenes_jardinTrabajamos muchísimo junto a mi familia y a las familias del jardín. ¡Sacamos once volquetes de basura!

La debacle económica del año 2001 fue un temporal difícil. Habíamos puesto en juego nuestra casa, y teníamos un crédito para pagar. Habíamos costeado también los arreglos del edificio haciendo malabares económicos. En medio del caos, íbamos zafando, hasta que por fin, en el año 2002, logramos cancelar la deuda y liberar la hipoteca de nuestra casa.

Estábamos cenando juntos, mi marido y yo, celebrando, y entonces le dije ¿sabés? yo creo que lo que tenemos que hacer ahora es crear una asociación civil sin fines de lucro para trabajar conjuntamente con las maestras y los padres… ¡casi se muere al escuchar! Acabábamos de salir de una y yo le venía con un invento nuevo…”

“cuando buscábamos un nombre, un amigo trajo ideas para compartir, y cuando vi Cuarto Creciente, sentí que era ese. Ese cuarto de mi casa que había crecido, esa luna que da la fuerza para que las plantas crezcan, esa fuerza de lo que crece. Ese era el nombre.”

Finalmente, en el año 2005, Ana María cede la titularidad del impulso y se conforma por primera vez la Asociación Civil Luna Nueva, dando forma a ese espacio que soñó (¡y con el que casi atraganta a su esposo en una cena!), ese espacio de encuentro entre las familias y los maestros de la escuela, la comunidad que se asocia libremente en nombre de los niños, dueños reales del impulso, que son quienes nos convocan a encontrarnos y construir juntos un espacio mejor para ellos y para nosotros mismos, continuando con el impulso de esta primera soñadora con tantas agallas.

Hay gestos que uno hace en el mundo movido por el amor, el amor por las ideas, el amor por la vida, por la humanidad en sí. Y con esos gestos de amor, con el coraje que emanan, siembran la vida de una comunidad entera. No olvidemos cada día, al cruzar el portón verde de la escuela, que andamos metidos en un sueño de amor.

Con una raíz así, no queda más remedio que florecer con fuerza.

*Extractos del reportaje realizado a Ana Maria Vallejos de Fierro, fundadora del impulso de Cuarto Creciente “Había una vez un sueño (el mundo es de los que se atreven a cambiarlo)”, realizado por la maestra Yanina Martul para la revista La Ronda en Inicio de nuestra escuela – ver publicacion La Ronda Verano 2015.

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